La Odisea y la paradoja de Nolan
Lo que la adaptación de Christopher Nolan gana… y lo que las mujeres imaginadas por Homero terminan perdiendo.
I. Una incomodidad que no desapareció
La intuición antes del argumento
He visto dos veces La Odisea de Christopher Nolan. Desde la primera vez salí del cine con una sensación de incomodidad que no lograba explicar del todo. No era la calidad de la película —que me parece impresionante—, ni la actuación de Matt Damon o la ambición visual de Nolan. Más bien había algo en la forma en que estaban construidos los personajes femeninos que me dejaba una extraña sensación de pérdida.
Volví a verla unos días después, porque quería comprobar si aquella intuición resistía una mirada más atenta, y la verdad, la resistió. De hecho, se volvió más clara.
Descubrí que mi incomodidad no provenía de una representación simplista de las mujeres. Todo lo contrario. Nolan hace algo que Hollywood no siempre consigue. Sus mujeres no responden al canon tradicional de belleza. No aparecen como cuerpos idealizados o solo como adornos del héroe. Penélope, Circe y Calipso tienen edad, arrugas, cansancio, contradicciones y ambivalencias. Son profundamente humanas.
Y, sin embargo, mientras la película las humaniza, parece quitarles algo menos visible: parte de su poder para cambiar el rumbo de la historia.
Ésa es, para mí, la verdadera paradoja de esta adaptación.
Y es que dentro de ese relato profundamente patriarcal, Homero imaginó mujeres cuya inteligencia, capacidad estratégica y posibilidad de incidir en los acontecimientos resultan extraordinariamente complejas. Y precisamente por eso me sorprendió que una adaptación realizada en pleno siglo XXI pareciera reducir parte de ese poder que sí existía en el relato original.
Debo aclarar que no escribo estas líneas como crítica de cine, sino como lectora de Homero, estudiosa de la comunicación pública y feminista nteresada en las historias que una sociedad decide volver a contar. Las escribo porque la película me llevó a hacerme una pregunta que va mucho más allá de Nolan.
¿Qué entendemos hoy por representar mejor a las mujeres?
II. Mary Beard y las preguntas que aprendimos a hacer
Los clásicos también tienen género
Durante siglos leímos los grandes clásicos de Occidente como si fueran relatos universales, neutros, casi transparentes. Los personajes masculinos representaban a la humanidad. Las mujeres aparecían como excepciones, símbolos o acompañantes. Era el orden “natural” de las cosas. De hecho, interpretaciones enormemente influyentes, como El héroe de los mil Rostros de Joseph Campbell, contribuyeron a consolidar la idea de que la experiencia masculina podía presentarse como experiencia universal, mientras los personajes femeninos ocupaban un lugar secundario en el desarrollo del mito.
Con el tiempo, incluso desde la propia tradición de los estudios mitológicos surgieron revisiones importantes. Una de las más influyentes fue la de Maureen Murdock, discípula de Campbell, quien en The Heroine’s Journey cuestionó que el viaje del héroe pudiera representar por sí solo la experiencia humana. Su propuesta mostró que las trayectorias de las mujeres respondían a conflictos, búsquedas y formas de transformación distintas, abriendo una conversación que dialogó con las críticas del pensamiento feminista y evidenció los límites de considerar el recorrido masculino como modelo universal.
Poco a poco, la teoría feminista introdujo nuevas claves en esa manera de leer. Nos enseñó a volver sobre esos textos con preguntas nuevas. No para cancelarlos ni para expulsarlos del canon, sino para comprender que también ellos estaban atravesados por relaciones de poder, silencios y exclusiones.
Pocas autoras han explicado mejor ese cambio de mirada que Mary Beard.
En Mujeres y poder abre su reflexión con una escena que ocurre precisamente en la Odisea. Penélope desciende de sus habitaciones para pedir que deje de cantarse una historia que le resulta insoportable. Antes de que pueda intervenir, su hijo Telémaco la interrumpe bruscamente y le ordena regresar a sus aposentos. Hablar en público —le dice, en esencia— corresponde a los hombres.
Beard convierte esa escena en una metáfora fundacional de la exclusión de las mujeres de la palabra pública.
Desde entonces, y aun antes, por ejemplo con Kate Millet en Sexual Politics, aprendimos a detectar esas escenas. A preguntarnos quién habla y quién escucha; quién es escuchado y quién permanece al margen; quién tiene autoridad y, en definitiva, quién puede ocupar el espacio público sin ser interrumpido.
Pero viendo la película de Nolan comprendí que quizá hoy necesitamos formular una reflexión adicional: preguntarnos no sólo quién puede hablar, sino quién conserva el poder para transformar la historia.
Porque una mujer puede tener voz y, aun así, no modificar el rumbo de los acontecimientos. Puede ser compleja, entrañable y profundamente humana... y, sin embargo, dejar de ser quien mueve la narración.
Esa diferencia, aparentemente sutil, terminó convirtiéndose para mí en el verdadero tema de la película.
III. Emily Wilson, Nolan y la fidelidad narrativa
Cuando una traducción recupera complejidad y una adaptación la simplifica
Poca gente sabe que Christopher Nolan construyó su película dialogando con la extraordinaria traducción de Emily Wilson, la primera mujer que realizó una traducción completa de la Odisea del griego antiguo al inglés.
La importancia de ese trabajo va mucho más allá del dato biográfico.
Wilson nunca propuso una versión “feminista” de Homero. Su propósito fue tan simple de enunciar como extraordinariamente ambicioso: ser más fiel al texto.
Durante siglos, muchas traducciones habían suavizado aspectos esenciales del poema homérico. Habían recurrido a eufemismos para hablar de la esclavitud, habían embellecido determinadas relaciones de poder y habían domesticado pasajes cuya violencia resultaba incómoda para sensibilidades posteriores. Wilson decidió no hacerlo.
Ella denominó esclavas a las esclavas; nombró la violencia como violencia; recuperó la dureza del original.
Y, al hacerlo, obligó a una nueva generación de lectores a descubrir una Odisea menos romántica, más compleja y también más perturbadora.
Por eso resulta difícil de ignorar que una película inspirada en esa traducción termine simplificando precisamente algunas de las relaciones de poder que el poema desarrolla con mayor riqueza.
Y no es porque traicione literalmente a Homero, dado que toda adaptación implica elegir. Pero sí porque, al hacerlo, simplifica algunas de las relaciones de poder que hacían extraordinariamente moderna a la Odisea.
La propia Wilson acusó a Nolan de que su película carece precisamente de la profundidad psicológica, emocional, política y ética del poema original.
El fondo del asunto es que Nolan, como director, decide contar otra historia: una cuyo centro ya no es únicamente el largo regreso a Ítaca, sino el viaje interior de un hombre devastado por la guerra.
Y esa decisión produce una película poderosa, pero también redistribuye el poder narrativo. Concretamente esa redistribución termina desplazando a varias de las mujeres que hacían de la Odisea una obra sorprendentemente compleja.
Y ahí reside la cuestión problemática: una traducción que devolvió complejidad al poema termina convertida en una película que, al menos en algunos de sus personajes femeninos, vuelve a simplificarla.
Ahí es donde, a mi juicio, comienza otra conversación.
IV. Penélope
La mujer que gobernó un reino... y la película que no nos deja verla gobernar
Si hubiera que elegir un personaje para explicar la paradoja de Nolan, ése sería Penélope.
La Penélope de Homero nunca fue únicamente la esposa fiel que espera el regreso de su marido. Esa lectura simplificada es, en buena medida, producto de siglos de interpretaciones patriarcales que privilegiaron la virtud de la fidelidad sobre otra mucho más incómoda: su extraordinaria inteligencia política.
Mientras Odiseo recorría el Mediterráneo intentando regresar a Ítaca, Penélope fue la reina que estuvo al frente durante veinte años. Lo hizo sin ocupar formalmente el trono, rodeada de hombres que pretendían casarse con ella para apropiarse del poder, administrando una incertidumbre permanente y diseñando estrategias para ganar tiempo sin provocar una guerra civil.
No fue una mujer pasiva; fue una gobernante sin corona.
Nolan no ignora ese dato. De hecho, varios personajes afirman que Penélope mantuvo unido el reino durante la ausencia de Odiseo. El problema es cómo la vemos a ella. Y ahí radica una diferencia que me parece fundamental. Es decir, se infiere que gobernó, pero nunca la vemos gobernando.
En comunicación política sabemos que no basta con afirmar liderazgo. Hay que representarlo. No es lo mismo decir que alguien condujo una organización durante veinte años que mostrarlo tomando decisiones, resolviendo conflictos, construyendo alianzas o ejerciendo autoridad.
Con Penélope ocurre exactamente eso. La película nos informa de su capacidad para gobernar, pero la cámara de Nolan prefiere mostrarla esperando, tejiendo, recordando o sufriendo.
No cuestiono que esas escenas sean importantes. Lo que cuestiono es la desproporción. Nolan dedica largos minutos a representar el talento militar de Odiseo, sus combates, sus estrategias, sus dudas y sus recuerdos de la guerra. En cambio, el ejercicio cotidiano del poder por parte de Penélope permanece casi siempre fuera de cuadro.
La segunda gran diferencia aparece en la relación entre ambos.
En la Odisea de Homero siempre me llamó la atención que Penélope y Odiseo parezcan reconocerse como iguales desde inteligencias distintas. Él sobrevive gracias a la astucia del viajero; ella, gracias a la astucia de quien permanece. Ambos engañan cuando es necesario. Ambos saben esperar. Ambos entienden que el poder no siempre se ejerce con la espada.
En la película, en cambio, el centro de gravedad se desplaza: la historia privilegia el amor sobre la inteligencia compartida. Y con ello cambia la naturaleza de la pareja. Los recuerdos entre ambos están construidos desde la fascinación mutua, pero es Odiseo quien parece tener las respuestas mientras Penélope escucha y pregunta. La asimetría no está en el afecto, sino en el conocimiento. Inclusive al final, cuando Odiseo por fin regresa, sus palabras parecen expresar un deseo más profundo de volver a contemplar Ítaca que de reencontrarse con la mujer que sostuvo ese reino y vivió enamorada de su recuerdo durante dos décadas.
No obstante, sería injusto negar uno de los aciertos de Nolan: su Penélope tampoco responde al viejo ideal patriarcal de la madre perfecta.
La relación con Telémaco es mucho más compleja de lo que suele verse en otras versiones. Lo ama profundamente, pero no lo idealiza. Sabe que todavía no está preparado para gobernar y no duda en enfrentarlo cuando considera que sus decisiones ponen en riesgo a Ítaca. Esa madre que ama sin dejar de ejercer criterio propio me parece una incorporación contemporánea valiosa.
Precisamente por eso lamento aún más que la película no hubiera llevado esa complejidad hasta sus últimas consecuencias. Porque la Penélope de Nolan conmueve. La de Homero, además, ejercía poder en un mundo que hacía todo lo posible por negárselo.
V. Los otros personajes femeninos
Más cercanos, menos influyentes
La reducción del poder narrativo no afecta únicamente a Penélope. También alcanza a las otras grandes mujeres de la Odisea. Y quizá ahí es donde mejor se aprecia la distancia entre el poema de Homero y la adaptación de Nolan.
Porque si la mayoría de las personas saben quién es Penélope, muy pocas saben el rol de Atenea, Circe o Calipso.
Y vale la pena detenernos en ellas, no porque representen un “equilibrio de cuotas” dentro del relato, sino porque Homero les otorgó algo extraordinario para una obra escrita hace casi tres mil años: inteligencia, autoridad y capacidad para alterar el destino del héroe.
Así pues, Atenea no es simplemente la diosa protectora de Odiseo. Es la gran estratega de la historia. No sólo interviene para protegerlo. También protege a Penélope cuando resiste el asedio de los pretendientes y es quien impulsa a Telémaco a salir en busca de noticias de su padre para que deje de ser un joven pasivo y comience a convertirse en heredero del reino.
Atenea convence, persuade, inspira, organiza, engaña cuando hace falta y mueve constantemente las piezas del tablero político y humano. Es, probablemente, la inteligencia más influyente de toda la Odisea.
Por eso me sorprendió y entristeció tanto verla reducida, en la película, a una presencia íntima, casi como una conciencia del propio Odiseo o una voz interior que acompaña su proceso emocional.
Es una Atenea mucho más cercana al héroe, pero mucho menos presente en el resto de la historia. Desaparece casi por completo su relación con Penélope. Borra su acompañamiento a Telémaco. Y con ello se diluye también una idea profundamente homérica: que el destino de Ítaca depende tanto de las mujeres como del héroe que intenta regresar.
Circe también merece una lectura más detenida.
La cultura popular suele recordarla como la hechicera que convierte a los hombres en cerdos. Pero Homero construye un personaje mucho más complejo que una simple seductora peligrosa.
Circe posee un conocimiento que Odiseo no tiene. Es ella quien le indica que deberá descender al Hades para consultar a Tiresias. Es ella quien lo prepara para lo que vendrá después y le advierte sobre peligros como Escila y Caribdis. No sólo pone a prueba al héroe: también le proporciona las herramientas para sobrevivir.
Sin embargo, aunque en la película sigue siendo poseedora de información vital para el retorno del héroe, la relación entre ambos cambia radicalmente.
En Homero, Circe es una figura ante la que hasta Odiseo debe negociar. Él reconoce que está frente a una mujer con poderes y conocimientos extraordinarios. La relación no está construida desde la superioridad del héroe, sino desde una tensión entre dos inteligencias que se reconocen mutuamente.
En la versión de Nolan, esa tensión se reduce considerablemente. Desde su primera aparición, Circe teme el peligro que representan Odiseo y sus hombres. Sin embargo, cuando finalmente se encuentran, él no actúa como alguien que acaba de entrar en el territorio de una mujer conpoder: la confronta, no retrocede, la desafía. Aunque ella conserva el conocimiento indispensable para que el viajecontinúe, la escena está construida de modo que el espectador nunca dude de quién domina realmente el encuentro.
Ésa me parece una diferencia radical. Y no porque la película elimine el papel de Circe, sino porque modifica la jerarquía entre ambos personajes. La mujer que en Homero obligaba al héroe a reconocer un poder distinto del suyo termina convertida, sobre todo, en una etapa más de su viaje interior.
Y, de nuevo, reaparece el contraste que atraviesa toda la película: Circe conserva humanidad, pero pierde autoridad.
Calipso corre una suerte semejante.
La película privilegia el aspecto romántico de su relación con Odiseo y deja en un segundo plano la enorme pregunta filosófica que Homero coloca en el centro de ese episodio.
En la historia original, Calipso no le ofrece únicamente amor; ¡le ofrece la inmortalidad! Le ofrece escapar definitivamente del sufrimiento, de la guerra, de la muerte y del paso del tiempo. Obliga a Odiseo a responder una pregunta que sigue siendo profundamente humana casi tres mil años después: ¿qué elegiríamos si pudiéramos vivir para siempre? ¿una existencia perfecta fuera del tiempo? ¿o una vida limitada, incierta y mortal junto a quienes amamos?
Ése no es un dilema romántico. Es un dilema existencial. Y Homero lo pone en boca de una mujer. Todo eso está ausente en la versión de 2026.
Hay todavía otra diferencia que me llamó la atención. En la película, casi todas estas mujeres terminan definiéndose principalmente por la relación que mantienen con Odiseo. En el poema ocurre exactamente lo contrario: cada una posee una esfera propia de acción y de poder.
Atenea tiene un proyecto para Ítaca. No protege únicamente a un héroe; protege un proyecto político: el restablecimiento del orden en el reino. Por eso interviene sobre Penélope, sobre Telémaco y sobre el propio Odiseo. No acompaña un viaje individual; sostiene una arquitectura de poder.
Penélope también cumple una función política. Sostiene el reino sin el andamiaje institucional del que disponen los hombres y juega, durante veinte años, una peligrosísima partida de ajedrez con los pretendientes que buscan apropiarse del trono.
Circe, por su parte, posee un conocimiento inaccesible para los demás; Calipso representa una alternativa radical a la condición humana. Cada una modifica el destino del héroe desde un lugar distinto.
Ninguna existe únicamente para acompañar el viaje de Odiseo. También explican el mundo.
En la película, en cambio, las grandes explicaciones terminan regresando una y otra vez a él. Incluso cuando las mujeres poseen información decisiva, el relato sigue organizado para que sea Odiseo quien concentre la interpretación de la experiencia.
No sostengo necesariamente que Nolan haya empobrecido a estos personajes. De hecho, hace algo muy sofisticado: los vuelve emocionalmente más cercanos, más reconocibles y, en muchos sentidos, más contemporáneos. Pero esa ganancia tiene un costo. Al concentrar la historia en el viaje interior del héroe, redistribuye también a inteligencia que Homero había repartido entre sus personajes.
Las mujeres de Nolan conmueven. Las de Homero, además, sostienen reinos, orientan héroes, desafían dioses y obligan al lector a reconocer que, hasta en uno de los textos más profundamente patriarcales de nuestra tradición, el poder nunca perteneció exclusivamente a los hombres.
VI. La pregunta que me dejó la película
Después de verla dos veces entendí que mi contrariedad no provenía solo de que Christopher Nolan hubiera debilitado a las mujeres de la Odisea. De hecho, hace exactamente lo opuesto de muchas adaptaciones anteriores: las vuelve más humanas, más ambiguas, más contemporáneas y menos prisioneras de algunos de los estereotipos con los que durante siglos fueron representadas.
Mi desasosiego venía de otro lugar.
Durante décadas, la teoría feminista nos enseñó a preguntar dónde estaban las mujeres, cómo eran representadas, quién podía hablar y quién era silenciada. Gracias a esa mirada aprendimos a descubrir sesgos que antes parecían invisibles.
Pero La Odisea de Nolan me hizo pensar que quizá hoy necesitamos formular una pregunta adicional.
¿Qué ocurre cuando una historia pretende representar mejor a las mujeres, pero al mismo tiempo reduce su capacidad para transformar el curso de los acontecimientos?
Ésa es, para mí, la verdadera paradoja de la película.
Penélope sigue siendo inteligente, pero casi nunca la vemos ejercer el poder con el que sostuvo Ítaca durante veinte años. Atenea conserva su cercanía con Odiseo, pero deja de ser la gran estratega política que protege también a Penélope, impulsa a Telémaco y sostiene el orden del reino. Circe mantiene el conocimiento, pero pierde parte de la autoridad desde la que ese conocimiento era reconocido. Calipso conserva el amor, pero deja de encarnar una de las preguntas filosóficas más profundas del poema.
Ninguna desaparece.
Todas conservan humanidad.
Pero todas ceden, en distintos grados, una parte de la inteligencia y la centralidad narrativa que Homero había distribuido entre ellas.
Quizá por eso terminé comprendiendo que la conversación ya no consiste únicamente en preguntarnos cómo representamos a las mujeres. También debemos preguntarnos qué lugar les concedemos en la construcción del sentido, de la inteligencia y del poder dentro de nuestras historias.
VII. ¿Quién reescribe los clásicos?
Para una generación de espectadores, La Odisea ya no será Homero.
Será Christopher Nolan.
Ése es el privilegio —y también la enorme responsabilidad— de quienes reinterpretan los grandes clásicos. No sólo los adaptan a un nuevo lenguaje; también deciden qué aspectos conservar, cuáles transformar y cuáles dejar fuera. En cierto sentido, vuelven a escribirlos para millones de personas, y en eso coincido con Wilson, es algo digno de celebrarse. Que la película devuelva millones de lectores potenciales a Homero.
Por eso las decisiones narrativas nunca son únicamente decisiones estéticas. También son decisiones culturales.
Decidir quién explica el mundo, quién concentra la inteligencia estratégica, quién mueve la historia y quién acompaña el viaje del héroe es también una manera de imaginar el poder para una nueva generación.
No sé si Nolan tuvo la intención específica de disminuir a las mujeres de Homero. Mi lectura no pretende atribuirle un plan que desconozco. Lo que sostengo es distinto: las obras dialogan con el momento histórico en el que son creadas, incluso cuando sus autores no se lo proponen.
Y esta película llega en un tiempo particularmente revelador.
Vivimos un momento en el que reaparecen discursos que idealizan el regreso de las mujeres al espacio doméstico, que presentan décadas de avances feministas como un exceso o que romantizan formas tradicionales de relación entre hombres y mujeres. Desde el fenómeno de las trad wives hasta otras expresiones de nostalgia por un orden de género aparentemente más simple, asistimos a una disputa cultural sobre quién tiene derecho a ejercer autoridad y de qué manera.
Precisamente por eso importa volver a leer los clásicos.
No para exigirles que piensen como nosotros, ni para convertirlos en manifiestos contemporáneos. Al contrario. Vale la pena leerlos con toda su complejidad y preguntarnos qué decisiones tomamos cuando los volvemos a contar.
La propia Odisea es un texto profundamente patriarcal. Y precisamente por eso resulta tan sorprendente que algunas de las mujeres imaginadas por Homero conserven más capacidad para alterar la historia que en una adaptación cinematográfica realizada casi tres mil años después.
Tal vez ésa sea la mayor lección que me dejó esta película.
Los feminismos siguen siendo indispensables, no porque nos obliguen a encontrar heroínas perfectas donde nunca las hubo, sino porque nos enseñaron a formular preguntas que antes ni siquiera sabíamos hacer.
Y porque, cuando volvemos a contar las historias que han dado forma a nuestra cultura, no sólo decidimos cómo recordamos el pasado.
También decidimos qué futuro somos capaces de imaginar.
Bibliografía y lecturas recomendadas
Las siguientes obras acompañaron o inspiraron la reflexión de este ensayo. Algunas se citan directamente; otras ofrecen claves para seguir pensando las relaciones entre literatura, poder, género y tradición clásica.
Beauvoir, Simone de. El segundo sexo. Trad. Alicia Martorell. Madrid: Cátedra, varias ediciones (orig. 1949).
Beard, Mary. Mujeres y poder. Un manifiesto. Barcelona: Crítica, 2018.
Campbell, Joseph. The Hero with a Thousand Faces. 3rd ed. Novato, CA: New World Library, 2008. (Ed. original: 1949).
Clay, Jenny Strauss. The Wrath of Athena: Gods and Men in the Odyssey. Princeton: Princeton University Press, 1983.
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Showalter, Elaine. Speaking of Gender. Routledge, 1989.
Wilson, Emily. “I Would Be Ashamed to Have Written Any Part of This: Odyssey Translator Emily Wilson Attacks Nolan Blockbuster.” The Guardian, July 27, 2026.
https://www.theguardian.com/film/2026/jul/27/odyssey-translator-emily-wilson-attacks-nolan-blockbuster
Zeitlin, Froma I. Playing the Other: Gender and Society in Classical Greek Literature. Chicago: University of Chicago Press, 1996.

